Hoy estaba pensando, y los que me conocéis lo sabéis por qué, qué pasaría si me despidieran. Un día me levanto, voy a trabajar como siempre, y alguien me dice que ya no me necesitan y que prescinden de mí, dándome 15 días para recoger. ¿Qué pasaría con mi vida entonces? Sé, más bien presupongo, que me resultaría difícil econtrar algo "de lo mío", soy socióloga, no nos engañemos... y además especializada en análisis de datos (what is that?), así que tendría varias opciones:
  1. Estudiar oposiciones. Sí, vale, es una de las mejores opciones conforme está la vida, trabajo fijo para toda la vida, facilidades con los bancos, me daría mucho tiempo libre para disfrutar de mis muchas aficiones, no cobraría mal... Pero no podría ascender ni cambiar de actividad laboral, cosa que me frena, ¿no me resultaría aburrido? Que yo muy inquieta. Además, prefería morir atada a la rama de un árbol siendo sumergida múltiples veces en un río que ponerme a estudiar (con el peñazo que tiene que ser cualquier temario de oposición) enclaustrada en casa o en la biblioteca..
  2. Buscar otro trabajo. Ya sé que he dicho que supongo que me resultaría difícil, pero podría intentarlo y mientras tanto mal-vivir con el paro. Actualizar el currículum, ir al INEM a sellar, ser asidua a infojobs, hacer entrevistas (si es que consigo alguna) con sus respectivas pruebas estúpidas y psicotécnicos para averiguar si estoy de la olla, actuar para conseguir que me tomen en cuenta y quizás aún así no conseguir nada. ¿Y si pasa el tiempo y sigo sin trabajo qué?
  3. Irme fuera a estudiar inglés. De las tres, esta opción es la que me resutla más atractiva. Pero claro, tengo que pagar la hipoteca de la casa, porque ahora no se vende nada y además si vendiera, tendría que devolver las ayudas, y además está el Milo, ¿si me voy qué hago con él? Aún con todo, me gusta pensar que lo solucionaría y que podría irme por ahí, a ver mundo, a aprender a estar sola, a sobrevivir como pudiera, a echar de menos de mi casa y mis amigos y mi familia... ¡ah! y a aprender inglés.
Pero pensándolo (lo sé, es difícil seguir el hilo de mis enrevesados pensamientos) me he dado cuenta de que hay una época para todo. Sí, si realmente hubiera sido valiente me habría ido en su día, como tenía pensado y decidido, y ahora no estaría preguntándome qué habría pasado si...
Es difilísimo saber cuál es la decisión correcta en determinadas situaciones, es más, no tengo muy claro que haya una "decisión correcta", sólo son decisiones, caminos que escoges andar, metas a las que te quieres digirir, elecciones al fin y al cabo. Tus elecciones.
Pero cuando eliges algo también pierdes algo, pierdes aquello que no eliges. Es tonto, pero es así. Yo elegí aceptar ese trabajo, en vez de irme a Italia con una Erasmus que me habían concedido. Por lo tanto, perdí la oportunidad de aprender italiano, de sobrevivir sola y de cambiar de aires, que buena falta me hacía.
Como Peyton Sawyer dice en uno de sus podcasts (ya os presentaré otro día a este personaje de ficción que se ha colado en mi corazón)...

Choices! And when I have to make a decision, what I always think about is that with every choice so many other roads are left untraveled and I want to drive those roads in my car with the stereo on loud and the sun on my back because ultimately I think it's true what they say, ya know? that life is just a long journey that's made of a million little road trips. Or do they say that? um, if not, then I'll say it. We should be in that car with our friends just driving all those roads... carefully, but still ya know?


Yo también quiero conducir por todos esos caminos que me ofrece la vida con la música a toda leche y el sol en lo alto, yo quiero poder hacer todo lo que se me ponga por delante, de una forma o de otra... Quiero dejar de preguntarme qué habría pasado si hubiera rechazado mi trabajo y aceptado la beca, si le hubiera dicho que sí a ese amigo que empezó a sentir algo más por mí en un momento de mi vida, si hubiera aprendido a tocar la guitarra cuando mi madre me la regaló o si no me hubiera tomado la pastilla del día después aquella vez que tuve un "accidente". ¿Cómo sería mi vida ahora?
Y bueno, después de tanto pensar he tomado una decisión: elijo no pensar en ello, elijo disfrutar de mi vida tal y como está, suponiendo que averiguaré cómo cruzar ciertos puentes cuando me encuentre frente a ellos, y elijo despertarme todos los días escuchando esta canción... ¡Viva la vida!


Mi blog poco a poco despierta... como parece que estoy despertando yo, después de este largo aletargamiento que ha sido el verano... No sé cuánto tiempo le costará despertar del todo, ni siquiera si llegará a hacerlo completamente, pero como mi blog es como yo, se está desperezando con música... Música que le da un nuevo título y un nuevo look... A ver cuanto me dura la etapa del Living and loving life...

Pensaba que la canción que me ha cedido su nombre para rebautizar este sitio la cantaba Julie Delpy y formaba parte de la BSO de "Before sunset"... resulta que no, que la canta una tal Kathy McCarty y he podido encontrar un vídeo suyo con escenas de la peli... para todos los que viven la vida "Day-to-day living" (as the song...)




Hold me like a mother would
Like I always knew somebody should
though tomorrow don't look that good
Well, it just goes to show

Though people say we're an unlikely couple
I'm seeing double of you

Oh.

This is life
This is life
And everything's all right
Living living living living living living living living life

Oh
I'm hoping though
because I'm learning to cope
with the emotion-less mediocrity
Oh.

Day-to-day living

Oh
I can't help being restless
When everything's so tasteless

And all the colors seem to have faded away.

Oh.
This is life
This is life
And everything's all right
Living living living living living living living living life

Hold me like a mother would
Like I always knew somebody should, yeah.
though tomorrow don't look that good
Well, just goes to show
Though people say we're an unlikely couple
Doris Day, and Mott the Hoople

Ohhh,..

Ahh...

Life!
Hola a todos... vuelvo a mi periplo bloguero con algo muy fácil: un relato. Lo escribí hace un montón de años para un foro en el participaba y me ha apetecido compartirlo con vosotros (si es que todavía queda alguien que se pasa por aquí de vez en cuando). Ahí va....

TAL VEZ FUE EL DESTINO

Arturo no podía creerse lo que le estaba sucediendo. Eso sólo pasaba en las películas de ciencia ficción, no en la vida real. Pero estaba pasando, joder, claro que estaba pasando. Intentó aclarar sus ideas y averiguar por qué había retrocedido en el tiempo. Pensó en las películas que había visto sobre el tema, “Regreso al futuro”, “La máquina del tiempo”... y le vino a la mente que los personajes de esas películas sabían que iban a viajar en el tiempo, él no.

Él se había despertado y de repente estaba en el pasado. “Qué cosa más extraña”, no paraba de repetirse una y otra vez, aquello era extrañísimo. Se dio cuenta de que tanto pensar en el porqué de esa situación y no hacer nada para remediarla no le iba a llevar a ningún sitio. Se levantó decidido de la cama y se dijo a sí mismo que si esto estaba ocurriendo, tenía que ser por alguna razón. Giró el pomo de la puerta y la abrió dispuesto a enfrentarse a lo que le esperaba con toda la valentía que fuera capaz de reunir.

Arturo era muy observador, así que no tardó en darse cuenta de que estaba en un hotel o algo parecido y que su habitación era la número 28. “Vaya” – pensó – “como mi edad, así será más fácil recordar el número”. No tenía la llave, pero supuso que podría pedirla en recepción en el caso de que quisiera volver allí. Bajó las escaleras deprisa y salió a la calle por la puerta principal de lo que efectivamente era un hotel. Nada más pisar la cera se dio cuenta de que no sabía dónde estaba, ni qué hora era y, lo más importante, en qué año se había despertado.

Mientras esos pensamientos se le pasaban por la cabeza vio que en el suelo, muy cerca de sus pies, había un papel tirado que parecía ser un periódico. Lo recogió y miró la fecha en la portada. Tras un rápido cálculo se dio cuenta de que había retrocedido en el tiempo exactamente 72 años. Delante suya se levantaba un edificio que tenía un reloj en la fachada y, de pronto, empezó a resultarle muy familiar. Tras un rápido vistazo al lugar empezó a sentirse más tranquilo, había fotografiado el ayuntamiento mil veces. “Genial” – pensó – “ahora ya sé en que año estoy, que son las cinco de la tarde y que estoy en mi ciudad”.

Arturo se echó un rápido vistazo a sí mismo y se dio cuenta de que sus ropas no desentonaban comparándolas con las de la gente lo que le produjo un gran alivio, ahora no estaba para aguantar miradas de curiosos ni contestar preguntas embarazosas. Llevaba bastante tiempo allí parado mirando la calle y el periódico así que decidió cruzar la avenida para adentrarse en lo que parecía un parque público. Allí podría caminar pasando desapercibido y planear su próximo movimiento.

Mientras caminaba, pensaba de nuevo en la razón que lo había traído al pasado. Pensaba que era feliz con su trabajo, era el fotógrafo de un pequeño periódico local, sus padres aún vivían y mantenía una buena relación con ellos. Vale, no había encontrado el amor aún, pero no perdía la esperanza. Creía firmemente en que el destino le llevaría a encontrarla y que, cuando la viera, sabría inmediatamente que ella era para él. Arturo era un idealista, algo raro en los tiempos que corren, pero ¡¡qué carajo¡¡¡ a él le gustaba sentirse algo diferente.

Absorto estaba en sus pensamientos cuando un sobre cayó de repente delante de sus pies. Levantó la vista pensando que se le acababa de caer a alguien y vio a una muchacha que caminaba en sentido contrario al suyo. Recogió el sobre y no pudo resistirse a mirar el remitente donde aparecía el nombre y la dirección de una mujer.

- ¡Oye perdona! – exclamó mientras se acercaba y ella giraba la cabeza – Creo que se te ha caído esto, ¿es tuyo?

- Pues... – cara de duda de ella – vaya, sí, es mío – respondió mientras se cruzaban sus miradas y el tiempo parecía detenido – muchas gracias... – su mano temblaba mientras agarraba el sobre y de repente... – ayyy, que torpe, lo siento – el helado de chocolate que sostenía con la otra mano se cayó encima de él.

- Nada, nada... – se limpió él, extendiendo más la mancha sobre su camisa – casi no se nota – risas suyas, seguidas por las de ella – soy Arturo.

- Carla – sus manos se estrecharon y el tiempo volvió a detenerse durante un segundo – encantada, aunque temo que tú no tanto... – nuevas risas – toma, límpiate con esto – él tomó el pañuelo que le ofrecía e hizo lo que pudo con la mancha. Ella sintió cómo el rubor se apoderaba de su rostro.

- Tranquila, son cosas que pasan – le respondió mientras subía la cabeza de nuevo y guardaba el pañuelo en el bolsillo - ¿ves?, como nuevo, lo siento por tu helado, tenía muy buena pinta – sonrisa franca de él.

- Sí, ¿verdad? – preguntó, mientras le devolvía la sonrisa – lo menos que puedo hacer es invitarte a uno después de la que he montado – su rostro reflejaba cierta incertidumbre mientras le miraba – no puedes decir que no.

- No lo haré – fue su respuesta mientras volvían a cruzarse sus miradas y el tiempo seguía con sus juegos... – te sigo.

Arturo casi olvidó lo que le había ocurrido esa misma mañana. Pasó el resto de la tarde con Carla, como si la conociera de toda la vida. Tomaron un helado en el parque, pasearon, rieron, bromearon... pero, más que otra cosa, hablaron. Ella le contó que su sueño era ser periodista para poder contarle al mundo todo lo que pasaba. Él le confesó que su fruta favorita eran los melocotones, aparte de por su dulce sabor, por el olor que desprendían cuando estaban maduros. Ella le dijo entre risas que odiaba el color rosa y él le susurró que lo que más le asustaba era la soledad. Y así pasó el tiempo volando, el mismo tiempo que había estado haciendo de las suyas todo el día.

Juntos doblaron la esquina que llevaba a la casa de Carla. Era ya de noche y Arturo comenzaba a despertarse del sueño que había vivido durante la tarde. Un pensamiento fugaz recorrió su cabeza: “¿habrá sido por esto lo del tiempo?”. Carla se había parado de repente y lo observaba. Él no sabía qué hacer. Ella se acercó a sus labios y ya no hubo más tiempo para pensar.

Aquel beso fue como una lluvia fresca que te sorprende en una tarde calurosa de verano. Te pilla tan desprevenido pero sienta tan bien, que lo único que se te ocurre es levantar la cara, abrir la boca y dejarla entrar; sentirla correr, húmeda y fresca, probarla, desearla, captar todos sus aromas, disfrutar con su sonido y, por fin, dejarte llevar...

- Sabes a melocotón... – le susurró al oído antes de marcharse hacia su casa. Él sólo pudo sonreír antes de empezar a echarla de menos.

Se quedó allí parado durante un rato antes de decidir volver al hotel. Le temblaban las piernas, y toda la valentía de la que había hecho gala durante la tarde le estaba pasando factura, estaba asustado y desconcertado. Subió a su habitación, la número 28, y se quitó la camisa manchada de helado y los zapatos. Se quedó tendido en la cama con los pantalones puestos, estaba demasiado cansado para pensar qué estaba pasando así que cerró los ojos y se durmió.

Un sonido estridente y conocido le despertó a la mañana siguiente: la alarma de su reloj. Alargó la mano y paró el despertador como hacía cada día, pero aquella vez algo era diferente. Le costó un poco tomar conciencia de lo que estaba sucediendo pero en seguida recordó a Carla y a su beso. Se levantó de un salto y comenzó a recorrer la habitación cerciorándose de que realmente estaba allí. Todas las imágenes del día anterior volvían a su cabeza como si se tratara de fotogramas de una película pasados a altísima velocidad: el periódico, el ayuntamiento, la carta, el helado, Carla.

Miró el reloj y comprobó la fecha. Correcto, estaba en el presente. Un momento, ¿realmente ocurrió?¿no habría sido un sueño? ¡Pip, pip¡, sonó el reloj. “Joder, llego tarde al trabajo”, se dijo, y sacó una camisa limpia, se calzó, se lavó la cara y salió corriendo de su casa.

Mientras conducía no dejaba de pensar en su “sueño” y una idea le vino a la mente: conocía el nombre completo de Carla y su dirección, se acordaba perfectamente del sobre con el remitente. También sabía el año al que se había trasladado en su viaje en el tiempo, podía buscarla en la base de datos del periódico, tal vez encontrara algo sobre ella, tal vez no había sido todo un sueño. Una sonrisa se apoderó de su rostro en esos instantes.

Introdujo los datos de los que disponía en el ordenador del trabajo y un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando pulsó la tecla “enter”. Efectivamente, allí estaba Carla. Leyó toda la información lo más rápido que pudo: murió a los 80 años, fue una de las primeras mujeres dedicadas al periodismo, fue cronista en la guerra civil y en las que le siguieron, escribió varios libros, se casó y tuvo hijos. Arturo se apoyó en el respaldo de la silla, suspiró y pensó que al final ella había conseguido su sueño.

Salió del despacho pasados unos minutos y se vio rodeado de la típica vorágine que acompaña a la redacción de un periódico, por pequeño que sea. Aún no podía creer que ella hubiera existido, no estaba seguro de si todo aquello lo había soñado, quizás había leído su nombre en alguna parte en el periódico y la había personificado en su sueño. Pero todo parecía muy real. La voz de uno de sus compañeros le sacó de su ensimismamiento:

- Arturo macho, que mala cara traes. Llegas tarde otra vez, si te pilla el jefe la vas a liar tío. Anda y tráeme las fotos que hiciste ayer en la rueda de prensa del alcalde y mueve el culo, que estás zombi.

Arturo se dirigía al archivo para recoger las fotos cuando un papel aterrizó en sus pies. Se paró en seco y recogió del suelo lo que parecía ser un carné de identidad. Mientras lo observaba, sintió que aquello ya le había ocurrido hacía poco y se giró en busca de la dueña, ya que se trataba de una mujer.

- ¡Oye perdona! – dijo mientras ambos se giraban – Creo que se te ha caído esto, ¿es tuyo? – le tembló la voz al notar el enorme parecido con Carla.

- Pues... – cara de duda de ella – vaya, sí, es mío – se cruzaron sus miradas y el tiempo parecía detenido – muchas gracias... – extendió su mano para recoger lo que él le entregaba – Tengo que llevarle esta documentación al director, acabo de aterrizar y ya voy perdiéndolo todo – sonrisa de ella y asombro de él - ¿te conozco? Tu cara me resulta familiar... ¡Dios mío! – exclamó mientras giraba la cabeza - ¿es que aquí no para de sonar el teléfono?, qué locura – risas de ambos – Mara, encantada de que me devuelvas mi carné.

- Soy Arturo – dijo él mientras de nuevo se cruzaban sus miradas y el tiempo volvía a jugar sus cartas –, tu fotógrafo.

Mara y Arturo se conocieron, trabajaron, pasearon, rieron, hablaron y se besaron, y Arturo volvió a sentir el sabor de la lluvia fresca en su boca. Mara le habló de la admiración que sentía por su bisabuela Carla y que siempre quiso seguir sus pasos, por esa razón se hizo periodista y se conocieron. Mara apenas tenía 6 o 7 años cuando ella murió, pero su abuelo Arturo, hijo de Carla, siempre le hablaba horas y horas sobre la vida que su bisabuela tuvo. Arturo supo así que ella tampoco le había olvidado. El llamar a su hijo como él le volvió a confirmar, por si sus pruebas no eran suficientes, que aquello había sido algo más que un sueño.

Él jamás le contó nada a Mara de todo lo que pasó, excepto una vez que ella le preguntó por el pañuelo que tenía guardado en su mesilla de noche y que tanto le gustaba tocar. “Me lo regaló tu bisabuela cuando me dijo cómo encontrarte”, le respondió. Ella le miró fijamente, sonrió y le besó. “Sabes a melocotón”, le dijo. Esa noche hicieron el amor hasta que se durmieron abrazados al llegar al alba.
Pues sí, es la mejor. Su madre era medio gallega y medio cubana y trabajó toda su vida para sacar adelante a sus tres hijas. La historia de mi bisabuela fue un culebrón que no me resisto a contar aquí, así, a groso modo, porque da para una novela de García Márquez fijo: su padre era un comerciante gallego, que viajaba mucho a Cuba por negocios. En uno de los viajes, dejó embarazada a una cubana y se volvió a ir. Una de las veces que volvió, se encontró a su hija, que tendría unos dos o tres años, y se la quitó a su madre y se la trajo a España. La dejó con sus hermanas, a las que yo me imagino siempre como a las hermanas de la Cenicienta, porque eran malas malísimas y la trataban fatal porque era bastarda. Su padre, harto de verla siempre hecha un trapo y para que no la trataran mal, la mandó a una casa de ricos a Alicante a servir, y allí conoció a un chico y se casó. La familia de éste también renegó de ella, por lo de bastarda, pero él la quería más a ella y tiraron para alante. Tuvieron tres hijas, y cuando la última nació, él se murió, dejándola ella con las tres niñas y sin un duro. Esa es la historia de mi bisabuela Balbina, ¿da para un culebrón o qué?
En fin, a lo que iba. Mi abuela es la mejor. Ella es la pequeña de las hijas de mi bisabuela, así que nunca llegó a conocer a su padre. De pequeña, como su madre tenía que trabajar, la metieron en un colegio de monjas, todavía me cuenta historias de cómo le hacían comerse los tomates, que a ella no le gustaban: se los ponían para comer, ella los dejaba, se los ponían para cenar, ella los dejaba, y así sucesivamente hasta que se los comía y luego los vomitaba.
Cuando yo nací fui la primera nieta y mi madre, además, tenía una peluquería montada en casa de mi abuela con lo que me pasaba el día allí. Me quedé a dormir hasta que tuve unos cuatro o cinco años, y porque mi madre tuvo a mi hermanita y ella lloraba si yo me quedaba con mi abuela, así que mis padres me llevaban a casa con ellos. La mayor parte de mi vida la he pasado con ella, tenía el colegio al lado, todas las santas tardes mi madre nos llevaba a casa de mi abuela, pero todas, y pasabamos allí la tarde, con ella y con mis tías.
Yo me acuerdo de cuando mi abuela trabajaba, limpiando claro, y a veces me llevaba con ella a la oficina (la dueña se llamaba Cristina, fíjate de qué cosas se acuerda una). Para mi abuela, la familia es lo más importante, nos quiere a rabiar y procura darnos todo lo que puede. Es una mujer trabajadora, cariñosa, un apoyo fundamental para mi madre y una de las personas que yo más quiero.
Me encanta preguntarle cosas de cuando era pequeña, me habla de mi bisabuela, de la época de la postguerra, de las sirenas, los trozos de pan que se encontraba por la calle y se los comía porque estaban muertos de hambre, de cuando vivían en el campo, sin luz, sin aseo y casi sin agua...
Mi abuela es la mejor, y porque fue su cumpleaños el día 31 de Junio (74 años muy, pero que muy bien llevaos) y porque ella se lo merece, le dedico esta entrada en mi blog. Te quiero llalla, muchas felicidades y que cumplas mil millones más.

Aquí está mi llalla Mercedes
Hola de nuevo... disculpas por lo poco que actualizo, lo sé, soy una perris, pero qué le voy a hacer... Y diréis, ¿a ésta qué le ha dado con México? Pues que hoy me toca hablar de dos de los últimos conciertos a los que he ido y habréis deducido que se trata de grupos mexicanos... concretamente Maná y Julieta Venegas.
Hacen una música diferente, ellos hombres y ella mujer, ellos grupo y ella solista, ellos rockeros y ella melódica, a ellos lo vi de pie y ella sentada, en definitiva, dos conciertos muy diferentes pero que me encantaron los dos.
El primero fue el de Maná, completamente espectacular. Una puesta en escena impactante, un escenario enorme y curradísimo, juegos de luces, agua y fuego, la Ciudad Deportiva de Alicante llena a reventar y nosotras de pie, saltando y gritando como locas. Cantaron todos sus grandes éxitos, al tiempo que el público que llenaba el recinto coreaba sus canciones, tuvimos baladas acústicas (con una fan emocionadísima a la que subieron al esenario, le trajeron una copita de tinto y le cantaron al oído), tuvimos solos de batería (nos quedamos flipaos cuando el batería del grupo nos obsequió con un solo de 10 minutos, con la batería subiendo pa arriba, girando en el aire y volviendo a bajar), tuvimos chorros de fuego de los que nos dimos cuenta por el calor que desprendían y tuvimos rock, muuuucho rock. Fue espectacular, un concierto de más de dos horas que nos dejó alucinados de lo bien que se lo montan estos chicos del otro lado del charco.
Aquí Fer y Álex, los protagonistas de la historia
Y aquí nosotras extasiadas a mitad de concierto
Unos días después, llegó a Alicante Julieta, con un escenario mucho más pequeño, su vocecilla melosa y su acordeón. La plaza de toros alicantina no estaba llena, pero no importó. Consiguió trasmitirnos a todos la esencia de sus canciones, tan limpias, tan dulces... y cantó un temazo de Los tigres del Norte que yo no conocía, bastante rockero y muy reivindicativo, que consiguió que nos bajáramos de las gradas al coso y disfrutáramos el resto del concierto de pie, bailando, cantando y sintiéndo los temas.
En esta vemos a Julieta y su acordeón
El tequila, siempre con limón y sal ;-)
En definitiva, a mí me ha quedado claro que amar es combatir y que todo sabe mejor con un poquito de limón y sal... ¡¡¡VIVA MÉXICO CABRONES!!!
Pueden ser buenas o malas (no nos engañemos, la mayoría son malas) pero son eso, pequeños golpes que te da vida de vez en cuando y que te atan a la realidad, para que si alguna vez te pasas soñando, no le llegues a caer de la cama…

Cuando te vas a poner tu camiseta favorita y te das cuenta de que ya no te viene, normalmente te aprieta de pecho o te queda corta… y también te pasa con tus pantalones favoritos, o con el bikini del año pasado que te molaba tanto ponerte.

Cuando un día te das cuenta de que lo de “mejor amigo y mejor amiga” sólo se mantiene en Dawson Crece… el “mejor amigo/a” pasa a ser “uno de mis mejores amigos/as”; tener una relación súper especial con alguien se convierte en algo muy complicado, en algo del pasado, porque tener mejores amigos cuando se dispone de mucho tiempo es muy fácil. La gente hace sus vidas y me gusta pensar (y en muchos casos lo sé) que el cariño y la amistad siguen ahí, pero se les ve mucho menos que antes…

Cuando te cortas mogollón el pelo y ese amigo o ese chico que tú piensas que se fija normalmente en ti ni siquiera se dan cuenta.

Cuando de repente te entran unas ganas locas de ir al cine a ver una determinada película, y coges el móvil y vas a marcar un número, el de la persona que tienes en la cabeza que quieres que te acompañe en ese momento y a esa película, y cuando vas a marcar, te das cuenta de que está trabajando en el norte de España, de que está en clase de inglés o de que estará preparando la cena para su familia y seguro que no va a poder. ¿Solución? Te la bajas y ya la verás cuando esté (y si eso, te pones una peli ñoña, que seguro que la disfrutas.

Cuando un día por fin te das cuenta de todo lo que tus padres han hecho por ti, y a pesar de peleas, de diferencias de opinión y de errores que hayan podido cometer, los quieres más que nunca.

Cuando por fin puedes conocer a ese bebé que ha estado nueve meses en la tripa de tu amiga, de tu hermana, de tu compañera de trabajo… cuando le ves cara, le escuchas llorar y, si tienes suerte, lo coges. Esta va por mis primeros bebés, Manuel y Yago, con los que me emocioné en su día y que me siguen sorprendiendo a cada minuto que paso con ellos.

Cuando escuchas una canción que (mágicamente) te define completamente o cuenta cómo te sientes en ese momento concreto o parece que esté hablando de tu relación de pareja o de tu relación con algún amigo, y de repente sientes que no estás sola…

Estas son algunas de las pinceladas de la vida que me ha apetecido contar hoy. Cualquier día me apetecerá contar otras, o las veré de forma diferente, no sé. Pero hoy, mis brochadas son éstas.